La primera pregunta que nos hacemos es dilucidar ¿qué es el Patrimonio Nacional?, en el entendido que la respuesta que podamos dar sobre esta materia puede tener distintas miradas, dimensiones diversas y diferentes elementos componentes de cada una de ellas.
El patrimonio, a nuestro juicio, es un “Bien”, es decir, es algo apreciado y valorado, lo que lo hace ser aquello que es apetecido por alguien. En el caso del patrimonio, este Bien tiene características que lo distinguen de otros bienes. En primer lugar, es un Bien de carácter social, es decir, es valorado por muchos, lo cual le da la legitimidad de ser apreciado como tal: como un bien que nos es común a muchos.
Si el patrimonio fuera un bien individual, encerrado entre cuatro paredes sólo para ser apreciado por una o más personas, y además desconocido por el resto, difícilmente llegaría a ser un patrimonio. Algo, o alguien es parte del patrimonio nacional en la medida que es apreciado como un bien sobre el cual compartimos un aprecio mas o menos similar: la canción nacional, la bandera, la poesía de Gabriela Mistral, de Vicente Huidobro o Pablo Neruda, las novelas de José Donoso, las obras musicales de Joaquín Bello o las obras dramáticas de Jorge Díaz, la obra y vida de Bernardo O”Higgins, los Carrera o Manuel Rodríguez, la gesta del abogado y marino Arturo Prat, el cerro Santa Lucía de Santiago o el puerto de Valparaíso, la cordillera de los Andes, nuestra costa marítima, los desiertos del norte o los bosques y hielos del sur, la agudeza del pensamiento del chileno, nuestra capacidad de experimentación, nuestro folclore, y tantas otras cualidades que nos caracterizan.
El patrimonio es, por lo tanto, un bien social, cuya valoración es compartida por muchos. Es nacional cuando los habitantes de esta tierra, Chile, lo apreciamos con una similar valoración. Sin duda que en esta valoración pueden haber grados distintos de aprecio: desde el aprecio por mantener limpios nuestros caminos, y no tirar basuras en ellos, hasta el desprecio y la falta de respeto por el aseo y la salubridad de los mismos. Cada vez que un patrimonio llega a ser tal, es decir, llega a ser apreciado por todos los usuarios, por ejemplo, es un patrimonio social y tiende a ser parte de nuestra propia identidad. Un ejemplo claro de ello, es lo que sucede con el Metro de Santiago, que se mantiene limpio, no sólo por la tarea de aseo que hacen los trabajadores del mismo, sino porque sus usuarios lo quieren mantener así. Es decir, lo aprecian como un bien que debe ser usado y compartido. Quizá la misma persona que no ensucia y respeta el aseo del Metro de Santiago, lanza, sin conciencia, una cáscara de plátano o un tarro o un pedazo de diario en la carretera.
Esto nos dice que la idea del patrimonio se puede educar y es posible formar el aprecio de nuestros niños y jóvenes por el mismo. Quizá en nuestro país falten las condiciones para que eso suceda, a diferencia de otros países en donde la preocupación por el patrimonio nacional es algo vivo, que se observa en sus ciudades y campos. Por ejemplo, cualquiera que visita la ciudad de México, que es una ciudad enorme y quizá una de las más populosas de la tierra, tiene la sensación de estar viviendo el respeto por la propia cultura y su patrimonio, compuesta por sus orígenes aztecas, la influencia española de la colonia y el modernismo de su espléndida arquitectura lanzada hacia lo amplio y grandioso. Se siente la identidad cultural con sólo caminar por sus calles, conversar con su gente, con saborear sus comidas, escuchar su música popular que es apreciada y respetada como una forma de inserción en la vida cotidiana (cantar las “mañanitas” con mariachis, por ejemplo, no es lo mismo que cantar “happy birthday to you), ver sus vestimentas y sus conductas cálidas de acogida.Ellos, los mexicanos, preservan su cultura y su patrimonio propio, como un bien que les es querido y apreciado, valorado en otras palabras, enseñado a los niños en las escuelas, pese a la cercanía que tienen con los Estados Unidos, país de origen de una cultura con un estilo propio, que ha tenido una gran influencia sobre todas las sociedades del mundo y que hoy, con los procesos de globalización de la cultura, facilitados por el manejo de los medios de comunicación, se expande y penetra cada día más los modos de pensar, sentir y actuar de la gente.
Una sociedad como la nuestra no debe, sin duda, cerrarnos a las influencias universales, pero a la vez debe intentar salvaguardar lo propio, aquello que conforma nuestra identidad, lo que hace que seamos lo que somos y no otra cosa. Debemos buscar, con fuerza y energía, preservar lo que ha sido fruto del trabajo de muchas generaciones de chilenos y chilenas que han sacrificado sus vidas individuales para servir a nuestro país.
Debemos, en otras palabras, preservar, mantener, acrecentar y desarrollar la conciencia en las nuevas generaciones de ciudadanos sobre el significado y valoración de nuestro patrimonio nacional. Este podrá aparecer como pobre frente a otros patrimonios, de sociedades con una más larga historia, pero lo importante es que es nuestro, es el fruto de lo que somos. Nuestro patrimonio nacional, en otras palabras, es lo que hemos sido capaces de hacer, querer y valorar como sociedad en nuestra vida como país. Nuestro patrimonio nacional es el fiel reflejo de nuestra capacidad creativa, de respeto por las tradiciones, de respeto por los bienes sociales que vamos construyendo día a día. Sin duda, es una tarea nacional, a la cual nos debemos plegar todos.
El patrimonio, a nuestro juicio, es un “Bien”, es decir, es algo apreciado y valorado, lo que lo hace ser aquello que es apetecido por alguien. En el caso del patrimonio, este Bien tiene características que lo distinguen de otros bienes. En primer lugar, es un Bien de carácter social, es decir, es valorado por muchos, lo cual le da la legitimidad de ser apreciado como tal: como un bien que nos es común a muchos.
Si el patrimonio fuera un bien individual, encerrado entre cuatro paredes sólo para ser apreciado por una o más personas, y además desconocido por el resto, difícilmente llegaría a ser un patrimonio. Algo, o alguien es parte del patrimonio nacional en la medida que es apreciado como un bien sobre el cual compartimos un aprecio mas o menos similar: la canción nacional, la bandera, la poesía de Gabriela Mistral, de Vicente Huidobro o Pablo Neruda, las novelas de José Donoso, las obras musicales de Joaquín Bello o las obras dramáticas de Jorge Díaz, la obra y vida de Bernardo O”Higgins, los Carrera o Manuel Rodríguez, la gesta del abogado y marino Arturo Prat, el cerro Santa Lucía de Santiago o el puerto de Valparaíso, la cordillera de los Andes, nuestra costa marítima, los desiertos del norte o los bosques y hielos del sur, la agudeza del pensamiento del chileno, nuestra capacidad de experimentación, nuestro folclore, y tantas otras cualidades que nos caracterizan.
El patrimonio es, por lo tanto, un bien social, cuya valoración es compartida por muchos. Es nacional cuando los habitantes de esta tierra, Chile, lo apreciamos con una similar valoración. Sin duda que en esta valoración pueden haber grados distintos de aprecio: desde el aprecio por mantener limpios nuestros caminos, y no tirar basuras en ellos, hasta el desprecio y la falta de respeto por el aseo y la salubridad de los mismos. Cada vez que un patrimonio llega a ser tal, es decir, llega a ser apreciado por todos los usuarios, por ejemplo, es un patrimonio social y tiende a ser parte de nuestra propia identidad. Un ejemplo claro de ello, es lo que sucede con el Metro de Santiago, que se mantiene limpio, no sólo por la tarea de aseo que hacen los trabajadores del mismo, sino porque sus usuarios lo quieren mantener así. Es decir, lo aprecian como un bien que debe ser usado y compartido. Quizá la misma persona que no ensucia y respeta el aseo del Metro de Santiago, lanza, sin conciencia, una cáscara de plátano o un tarro o un pedazo de diario en la carretera.
Esto nos dice que la idea del patrimonio se puede educar y es posible formar el aprecio de nuestros niños y jóvenes por el mismo. Quizá en nuestro país falten las condiciones para que eso suceda, a diferencia de otros países en donde la preocupación por el patrimonio nacional es algo vivo, que se observa en sus ciudades y campos. Por ejemplo, cualquiera que visita la ciudad de México, que es una ciudad enorme y quizá una de las más populosas de la tierra, tiene la sensación de estar viviendo el respeto por la propia cultura y su patrimonio, compuesta por sus orígenes aztecas, la influencia española de la colonia y el modernismo de su espléndida arquitectura lanzada hacia lo amplio y grandioso. Se siente la identidad cultural con sólo caminar por sus calles, conversar con su gente, con saborear sus comidas, escuchar su música popular que es apreciada y respetada como una forma de inserción en la vida cotidiana (cantar las “mañanitas” con mariachis, por ejemplo, no es lo mismo que cantar “happy birthday to you), ver sus vestimentas y sus conductas cálidas de acogida.Ellos, los mexicanos, preservan su cultura y su patrimonio propio, como un bien que les es querido y apreciado, valorado en otras palabras, enseñado a los niños en las escuelas, pese a la cercanía que tienen con los Estados Unidos, país de origen de una cultura con un estilo propio, que ha tenido una gran influencia sobre todas las sociedades del mundo y que hoy, con los procesos de globalización de la cultura, facilitados por el manejo de los medios de comunicación, se expande y penetra cada día más los modos de pensar, sentir y actuar de la gente.
Una sociedad como la nuestra no debe, sin duda, cerrarnos a las influencias universales, pero a la vez debe intentar salvaguardar lo propio, aquello que conforma nuestra identidad, lo que hace que seamos lo que somos y no otra cosa. Debemos buscar, con fuerza y energía, preservar lo que ha sido fruto del trabajo de muchas generaciones de chilenos y chilenas que han sacrificado sus vidas individuales para servir a nuestro país.
Debemos, en otras palabras, preservar, mantener, acrecentar y desarrollar la conciencia en las nuevas generaciones de ciudadanos sobre el significado y valoración de nuestro patrimonio nacional. Este podrá aparecer como pobre frente a otros patrimonios, de sociedades con una más larga historia, pero lo importante es que es nuestro, es el fruto de lo que somos. Nuestro patrimonio nacional, en otras palabras, es lo que hemos sido capaces de hacer, querer y valorar como sociedad en nuestra vida como país. Nuestro patrimonio nacional es el fiel reflejo de nuestra capacidad creativa, de respeto por las tradiciones, de respeto por los bienes sociales que vamos construyendo día a día. Sin duda, es una tarea nacional, a la cual nos debemos plegar todos.
Gabriel de Pujadas Hermosilla
Educador y Sociólogo
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