En octubre del 2007, en la ciudad de México, tuve la oportunidad de escuchar una muy buena conferencia sobre ¿Qué educación necesitamos para el siglo XXI? del Profesor Rafael Feito quién planteaba con claridad y certeza algunas interrogantes sobre el tipo de educación que necesitamos para el siglo que comenzamos a vivir.
Entre las ideas centrales, que sin duda compartimos, estaba el hecho de que nuestra sociedad es una sociedad, que con motivo de la globalización, está caracterizada por un notable incremento de la presencia del conocimiento en el quehacer cotidiano e internacional. El conocimiento ya no es sólo un elemento que se globaliza mediante la Internet sino que penetra cada uno de los actos de la vida cotidiana de los seres humanos, muchas veces de manera indiferente a los lugares en donde vivimos (salvo algunas excepciones de pueblos originarios).
Nuestra vida, la del diario vivir, está plagada de nuevos conocimientos los cuales se trasmiten con una velocidad asombrosa de acuerdo al desarrollo de las nuevas tecnologías informáticas y de la comunicación. Nuestras finanzas, nuestras compras, los viajes, las certificaciones, la salud y la educación, los empleos y la búsqueda de información están plagas de conocimientos que hasta hace muy poco nos eran desconocidos.
Si hoy consideramos a un hombre de 65 años, edad en la cual aún hoy se es relativamente “joven maduro” tenemos que decir que esa persona se crío alrededor de la radio. Por lo menos en los países hoy en desarrollo. La radio, la televisión, los medios de comunicación en general, son procesos vividos y muchas veces superados para dar lugar a las nuevas tecnologías de la informática y las comunicaciones.
Hoy la escuela necesita adaptarse creativamente a esta nueva realidad. Y cuando decimos la escuela estamos pensando de manera preferente en los nuevos educadores que el siglo XXI necesita para dar marcha a unos sistemas educacionales que estén acordes con estos requerimientos de los nuevos conocimientos. Requerimientos que se ubican más en la capacidad de realizar “síntesis de la información” por parte de los profesores, que en el esfuerzo por los procesos de búsqueda de la información, que hoy los niños y los jóvenes dominan con mayor precisión que los adultos.
Esa capacidad de síntesis no se aprende sólo con el trabajo informático o con los medios de comunicación, sino que se desarrolla por el trabajo intelectual que debe tener todo maestro sobre sus conocimientos, que pueden ser escasos, pero nunca definitivos. La apertura al trabajo intelectual, por si mismo, de manera independiente a la tecnología que se utilice, es lo que le da al profesor del siglo XXI, un plus o valor agregado a su tarea docente.
De ahí la necesidad de cristalizar nuevas metodologías de la enseñanza (en otras palabras, la antigua y bien ponderada didáctica de la enseñanza), con el fin de adecuar el quehacer del profesor a las nuevas demandas de sus alumnos. La respuesta del profesor no debe desesperarse por la carencia de la información sobre un tema u otro (ya que, por lo demás, no sabemos cuales serán los conocimientos básicos necesarios para vivir), sino que dicha inquietud debe nacer desde la incapacidad de tener marcos lógicos desde los cuales interpretar el mundo, con racionalidad pero a la vez, con capacidad comprensiva.
En otras palabras, el profesor debe estar atento y abierto a los nuevos conocimientos y a las nuevas tecnologías, pues ellas continuarán su avance hacia nuevos derroteros que aún no es posible imaginar y describir con precisión. Pero, por sobre todo, el profesor debe estar pendiente de las nuevas necesidades que en el mundo de las actitudes y valores frente a la vida necesitan los jóvenes, para poder “sobrevivir” y desarrollarse sanamente en unas sociedades que cada vez les serán más ajenas. Los niños y jóvenes necesitan del ejemplo de los profesores como educadores, es decir, ejemplos de vida, de consistencia e identidad que les permita tener referentes adultos a los cuales poder admirar e imitar. Estos “otros significativos” que en el mundo educacional de hoy es tan difícil encontrar.
La educación del Siglo XXI debe estar atenta al “signo de los tiempos”, es decir, abierta a los múltiples procesos que se comenzarán a vivir cada día con mayor fuerza: las modificaciones en el mundo del trabajo y los empleos, las nuevas minorías, la relatividad de los valores emergentes, la necesidad de desarrollar planteamientos claros sobre la equidad de género, la transculturalidad como producto de las migraciones que permiten la relación entre culturas diferentes, el respeto a la diversidad, la creación de nuevas formas de democracia y participación, el nacimiento de nuevos fanatismos religiosos o políticos, las comunicaciones y la tecnología en permanente desarrollo y así una serie de otras cuestiones que hacen muy difícil la tarea de adaptar la educación a los nuevos requerimientos sociales, económicos y culturales que vive el mundo. Y esto, sin contar los cambios en el mundo de las ciencias.
La escuela tiende a la obsolescencia aún antes de terminar sus planes de renovación. Antes de terminar de aplicar el plan o el programa de renovación, este queda inservible. ¿Cómo lograr una adecuación de la escuela a este proceso de tanta velocidad? El conocimiento avanza con tanta rapidez que difícilmente es posible alcanzar los grados de desarrollo del mismo desde la perspectiva de la estructura y procesos curriculares.
¿Es posible tener un currículo flexible, de manera permanente, que nos permita viajar pedagógicamente a la misma velocidad que el desarrollo del conocimiento? Creemos que no y por lo mismo la respuesta a la velocidad de socialización del conocimiento debe ser dada no desde el conocimiento mismo, sino de las “intuiciones comprensivas” que el profesor tenga sobre los procesos que están viviendo sus alumnos. Esto implica sumergirse en dichos procesos, para comprenderlos desde su interioridad, pero tomando la debida distancia, para poderlos comprender como totalidades en movimiento, cargadas de información y nuevos modos de estructurar la realidad circundante.
De ahí que la gran tarea, a mi juicio, es comenzar a realizar las reformas de los sistemas educacionales mediante la formación de nuevos profesores, (en perspectivas que ni las mismas Universidades tienen en la actualidad, por la burocracia inherente al desarrollo de estas instituciones y la lejanía que las mismas tienen de la realidad del aula) y para lo cual nos deberíamos remitir al concepto de cómo formular “la identidad de la escuela en movimiento” en la cual el profesor se integre de manera innovadora.
Para esto, como lo decía el Profesor Feito, es preciso pensar pedagógicamente en la producción, distribución y velocidad de socialización de los conocimientos. Pero eso queda para otro artículo en este mismo blog.
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