Ya lo hemos dicho en otras ocasiones y no nos cansamos de repetirlo, aunque no seamos originales en la materia: la concepción del tiempo y del espacio en la sociedad moderna ha cambiado y es lógico suponer que esto implica un nuevo desafío para la educación en general y la escuela en particular, las cuales deben dar respuestas innovadoras frente a estos movimientos de la realidad antes ignorados y que constituyen, bajo una mirada más antropológica, los nuevos cambios producidos básicamente por el avance de la ciencia y la tecnología moderna y el desaparecimiento progresivo de las concepciones globales de la realidad.
Tiempo, espacio y cambios, son elementos complejos con los cuales la educación y la escuela deberán convivir por mucho tiempo, buscando las respuestas que son necesarias de elaborar, en un discurso pedagógico difícil de diseñar e implementar en la realidad cotidiana. Si a esto le agregamos las nuevas tendencias de integrar una visión más holística del ser humano, considerando la afectividad y el cuerpo, la situación se hace altamente desafiante para los educadores y la sociedad en general. Estos nuevos modos que tiene la realidad de darse a la conciencia humana y también posible de considerar como parte de la misma, son lo que se han denominado “los nuevos paradigmas”.
Tal como yo los concibo, los nuevos paradigmas son configuraciones formales estructurales de la conciencia, posiblemente muchas veces vacías de contenidos, que están a la espera de los mismos para interpretarlos y acomodarlos de una manera que se conformé a la realidad individual y social de cada cognoscente. Una vez instalados, estos contenidos al interior de las estructuras formales, actúan como filtros del conocimiento que tenemos de la realidad. Y es a través de estos paradigmas que actuamos y conocemos la realidad. En el caso del tiempo este se percibe en ciclos cortos, en unidades de simple comprensión como la hora o el día, difícilmente proyectados hacia unidades mayores de duración.
La idea de ciclos está prácticamente eliminada de la percepción del tiempo. Los ciclos de estabilidad mayor prácticamente ya no existen, superados por los ciclos breves y fugaces. El niño y el joven viven en esta nueva dimensión, tirado por nuevos y permanente estímulos dirigidos a su sensibilidad y el desarrollo consecuente de sus sensaciones y percepciones físicas del entorno en el cual vive. Su mundo es el mundo fugaz, del cambio permanente, de lo no estable. Lo sólido e inalterable vivido en épocas remotas (como aquello que sucedía en las sociedades premodernas), es suplantado definitivamente por estos brincos de nuevas y fugaces percepciones de la realidad. En el caso del espacio, el mundo del niño y el joven ya no está circunscrito a un lugar físico circunscrito. Este tiene hoy la posibilidad de moverse por la realidad virtual, que lo puede proyectar a mundos diversos y distintos, muy alejados de sus espacios cotidianos. Quizá esa es la fascinación que sienten los niños al trabajar o jugar en un computador (ordenador), al poder desplegar al máximo su imaginación, aquella tan olvidada facultad de los seres humanos que el sistema educacional no promueve con la suficiente fuerza, en un contexto de manejo de la misma por parte de los niños y jóvenes.
Un mundo virtual es un mundo que da cabida a la imaginación de niños y jóvenes, pero que puede lanzar a los mismos a caminos y lugares que pueden ser caminos y lugares que se confunden con la realidad. El mundo hoy es un mundo más ancho, pero también más ajeno. Así como antes se vivía en un mundo conocido e inmutable (en la Edad Media, por ejemplo, se conocía el fenómeno psicológico del “horror locui”, es decir el miedo al cambio de lugar) hoy es posible, mediante la virtualidad conocer mundos que nos son desconocidos, aunque no nos cambiemos del puesto habitual de nuestras vidas cotidianas. Y esto representa tremendos desafíos para la educación, para la escuela y para la acción pedagógica que se realiza en la sala de clases, para la interacción profesor-alumno, para la comprensión de los procesos de conocimientos que viven los niños y jóvenes que habitan nuestras escuelas.
Debemos ser capaces de entender esta nueva realidad virtual que se da con los espacios, como también el tiempo al cual hacíamos alusión un poco antes. Estas dos simples e incompletas descripciones permiten observar algunas cuestiones que tienen que ver con los actos pedagógicos con los cuales se debe enfrentar el mundo actual de los niños y jóvenes. Ya no es posible una acción pedagógica que se focalice desde la pasividad del alumno y la simple retórica del profesor.
Por el contrario, al estar relacionados con estos nuevos paradigmas de tiempo y espacio, la acción pedagógica debe asumir formas y contenidos que no necesariamente deben surgir de formas curriculares pre-establecidas, sino por el contrario, de procesos de conocimiento en donde la producción, la distribución y la velocidad de su socialización estén “respetuosamente” distribuidas entre alumnos y profesores. Ya no se trata de tener el dominio del conocimiento en alguno de los dos polos del proceso de enseñanza-aprendizaje, sino equilibrar las fuentes de salida y recepciones que se pueden desarrollar en dicho proceso. De esta manera y considerando la necesidad de enfrentar el cambio de los paradigmas del tiempo y del espacio con inteligencia, es que es preciso trabajar un nuevo paradigma para la acción pedagógica.
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