Hace algunos días atrás me encontré con un grupo de amigos, todos sociólogos, que nos hemos topado en nuestras vidas en distintas ocasiones, pero especialmente en la vida universitaria. Hoy todos somos personas maduras, con proyectos personales que podemos caracterizarlos como "alejados del poder".No tenemos pretensiones de cargos, ni deseos de tener cambios radicales en nuestras existencias. En otras palabras, somos personas con proyectos personales bastante consolidados, que hemos hecho lo que habíamos proyectado cuando más jóvenes. Algunos con realizaciones más cercanas a sus deseos iniciales, otros con realizaciones más lejanas.
En todo caso lo importante fue que en esa reunión-conversación nos planteamos el tema de cuales eran los temas que realmente eran "temas" y además nos importaban. Llegamos a la conclusión que existía un tema que era transversal a todos los otros, por su significación vital y por la importancia que nosotros mismos le asignábamos. Era el tema CHILE.
Chile como tema,. Como eje de una discusión intelectual que es preciso hoy día realizar para saber hacia donde vamos como sociedad y que queremos en los muy distintos ámbitos de la vida pública y privada de nuestro país (salud, educación, cultura, medios de comunicación, vivienda, ciudad, medio ambiente, comunicaciones electrónicas, etc. ).
Resaltó en este listado sobre Chile, largo por supuesto, el tema de "los múltiples Chiles": por una parte, el Chile oculto, que existe, que está ahí, que actúa y que se configura en las oscuridades de las decisiones de grupos de poder; el Chile del cual la mayoría de los ciudadanos no participa, del Chile escindido en dos, recuperando para si mismo, por desgracia, la vieja dicotomía de los ricos y los pobres, contra la cual tanto hemos luchado. El Chile de los chilenos, como lo decía un viejo sacerdote polaco conservador, avecindado en Chile y que hizo clases en Filosofía de la Universidad Católica, los que viven de Plaza Italia para arriba y los chilenos que viven de Plaza Italia para abajo, es decir, los decentes y los rotos. Clásica distinción de un viejo sacerdote que hoy, mirando la configuración Santiago, debería cambiar esta frase tan despectiva y ofensiva para los más pobres (y también para los más ricos), pues la sociedad chilena se ha transformado de manera radical, donde la riqueza y la pobreza están separadas, a veces, por una sola calle, pero que se confunden por la posibilidad de la compra del auto viejo, del televisor, del celular, de la ropa importada, etc.
Por otra parte, está el Chile que se dice ser el Chile verdadero, el que no habla, el que no dice las cosas directas, el Chile hipócrita, el del doble lenguaje, el que dice que rechaza el divorcio pero en donde muchos se separan y hacen nuevas familias, el Chile que no dice lo que piensa, el Chile recortado de espíritu, macdonalizado, lleno de predicadores del bien y las buenas costumbres pero que permiten y facilitan la pornografía, la prostitución y otras yerbas similares en sus lugares de influencia. El país de la sonrisa, de la acogida a los extranjeros para después no invitarlos jamás a la casa, o sacarlos a pasear; el Chile del "nos vemos", "llámame", "anda pa la casa", etc. Este país nuestro donde los jefes tratan de aparecer democráticos, hacen que escuchan las opiniones de los subordinados y después se las guardan para hacer lo que quieren desde el comienzo. Este es un Chile nuevo, producto de la necesidad de sobrevivencia que tenemos los seres humanos.
Sin duda que también existe el otro Chile: el de los profesionales honestos, de los médicos que familia que le dedican tiempo a los pacientes y los atienden de acuerdo a sus necesidades y no de acuerdo a los veinte o quince minutos del traga monedas del Centro Médico o la Clínica. El Chile de los trabajadores honestos, de los empresarios que aman su trabajo y tratan con dignidad a la gente que labora con ellos, a los empresarios agrícolas que hacen todo lo posible por poner nuestros productos en los mercados internacionales. El Chile de los buenos académicos e investigadores universitarios. El Chile de los profesores de educación básica, de educación parvularia, de educación media. De los funcionarios de la salud, del paramédico que por vocación atiende a los más pobres. El Chile de los empleados públicos que quieren su trabajo, son dignos y merecen nuestro respeto. El Chile de los políticos honestos que no buscan las cámaras de televisión o los medios de comunicación en general. Existe un Chile bueno, honesto, simple, sencillo, con tradición de decencia, de falta de dorados y brillantes, un Chile que aún subsiste pese a los procesos de superficialización que hemos vivido en estas últimas décadas. Un Chile que aún mantiene la vida espiritual y ama el arte, la conversación, la filosofía y la literatura y no desprecia el trabajo manual, sino por el contrario, lo respeta y estimula.
Estos son los Chile que nos encontramos con este grupo de amigos. Fue una mirada inicial, risueña, llena de alegría de saber que somos chilenos y saber, al mismo tiempo, que ya no nos queda mucho tiempo para mentirnos, sino sólo el tiempo necesario para mirar la realidad del Chile que hemos vivenciado en nuestras cortas y efímeras existencias. Nos sobra mística, no tenemos el corazón inundado de desesperanza, no somos jubilados dorados, ni parte de ninguna escalada mafiosa, de aquellas que se saltan los quintiles con zanco, al decir de uno de mis amigos.
Nos llena Chile, nos inunda la palabra Chile, nos corroe el alma, nos hace sufrir y vivir con alegría, buscando el Chile verdadero, el que está debajo de la alfombra de estos Chiles que hemos descrito.
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